El Esperpento desconyunta, si es que puede decirse así, la realidad. Transforma por competo la imagen aparente que tenemos de sus estructura y de su dinámica precisamente para mostrarnos cómo es en verdad.
Valle presenta en el escenario la realidad en que vive el espectador pero de tal manera deformada que éste no puede por menos que quedar atónito pues esta realidad es increible.
Esta imagen esperpéntica de la realidad nos obliga a una toma de conciencia: vivimos una realidad esperpéntica y son grotescos los valores generales en los que se fundamenta la realidad concreta que nos rodea.
En “Los Cuernos de Don Friolera” (uno de los cuatro esperpentos de Valle), el autor presenta tres versiones distintas del mismo suceso. Los tres puntos de vista se corresponden con aquellos tres modos de ver el mundo: “De rodillas, en pie, en el aire”.
La primera versión (no acometida en el montaje, aunque su filosofía esta defendida en el personaje de Don Estrafalario), es la farsa popular de títeres en la que el autor mira a sus criaturas desde el aire.
La tercera es el romance del ciego, forma vil e inadecuada que falsea la realidad mitificándola mediante normas e ideales tópicos.
La segunda es “El Esperpento” en sí, contado por Valle (Don Estrafalario), que comienza con el monólogo de Don Friolera y las dudas entre sus dos naturalezas: la profesional, como militar debe matar; y la humana, en la que debe interpretar el papel de héroe según exige la sociedad y el Cuerpo de los Carabineros.
El mundo está representado por Doña Tadea, autora del anónimo, bruja beata y por los tenientes Rovirosa, Campero y Cardona, portavoces del código del honor militar y cuya indignidad y animalidad radical nos muestra el dramaturgo.
Doña Loreta, esposa infiel, y Pachequín, barbero cuarentón, más que culpables, son víctimas de su propia inautenticidad.